Trauma

Muchos psicólogos y psiquiatras describen la estrecha vinculación entre el trauma y las dificultades psicológicas posteriores. El término trauma significa básicamente “herida”, “daño” o “conmoción” y se utiliza para referirse al impacto psicológico que tiene un acontecimiento estresante sobre una persona.

Algunos traumas resultan muy claros, es decir, a la mayoría de las personas les parece evidente que determinados sucesos puedan tener consecuencias negativas a nivel psicológico. Esto es lo que ocurre por ejemplo con las catástrofes naturales, los accidentes graves, los atentados terroristas o las agresiones sexuales.

El trauma supone una amenaza para la integridad física o psicológica de una persona y tiene en ella un efecto negativo duradero. Por esta razón, situaciones de pérdida de empleo, de una pareja o de un ser querido, que suelen provocar un gran sufrimiento en la persona, se pueden encuadrar también en la categoría de eventos traumáticos.

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Además existe otro tipo de trauma que en ocasiones puede ser más difícil identificar pero que resulta muy dañino para la persona si se produce de forma continuada, sobre todo cuando ocurre en las etapas de mayor vulnerabilidad, como la infancia o la adolescencia. En este grupo se incluye un rango muy amplio de experiencias que abarca desde las dificultades en el apego o en las relaciones, hasta el maltrato, la negligencia o el abuso físico o sexual grave.

Los traumas que tienen lugar en épocas tempranas de la vida tienen relación con la aparición de trastornos psicológicos. Asociados al trauma temprano se encuentran por ejemplo, problemas de depresión, ansiedad, baja autoestima, dificultades sociales, autolesiones, conductas destructivas, adicciones, trastornos de alimentación, trastornos de personalidad o trastornos somáticos.

Algunos autores hablan del “espectro postraumático” para referirse a un continuo de trastornos asociados con el trauma. De menor a mayor grado de disociación y gravedad se sitúan el trastorno por estrés agudo (TEA) y postraumático (TEPT) en uno de los extremos de este continuo y en el otro el trastorno de identidad disociativo (TID). Entre ambos se incluyen los trastornos somáticos, otros trastornos disociativos, el trastorno límite de la personalidad (TLP) y el trastorno de estrés postraumático complejo (TEPT complejo).

En todos estos trastornos la sintomatología postraumática está presente con mayor o menor intensidad. Cuando los elementos traumáticos juegan un papel importante en el inicio, desarrollo o mantenimiento de un trastorno, es importante tratarlos de forma directa con abordajes específicos para trabajar el trauma, como el EMDR o la terapia sensoriomotriz. Si esto no se hace, es probable que la terapia consiga la mejoría puntual de algunos síntomas pero el aspecto central del problema quedará sin trabajar.